11 – S.
Por Florencia Gaitán. - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - Un día como hoy, pero nueve años atrás, mi mundo cambió para siempre.
El día martes 11 de septiembre de 2001 empezaba y me encontró, como de costumbre, durmiendo. Pero mi sueño fue interrumpido…
A lo lejos escuchaba la voz de mi mamá que decía: ¡Flor! ¡Despertate! ¡¡¡Vení a ver lo que pasó, no se puede creer!!!
Con los pelos revueltos y los ojos medio cerrados caminé hasta la cocina, donde el televisor me esperaba con una imagen que no voy a olvidar nunca más en mi vida: en ese instante, el segundo avión impactaba contra las Torres Gemelas.
Con mis escasos 12 años comprendí que lo que estaba viendo iba a marcar un antes y un después en el mundo.
Pensaba en la gente que estaba atrapada en los edificios, en los Bomberos que hacían lo que podían, en las personas que iban a bordo de los aviones secuestrados, intentaba imaginar que pasaba por la mente de aquellos hombres que dieron su vida para destruir la de otros.
Vi gente saltando por las ventanas, otras pidiendo ayuda desesperadamente, pero muchas otras quedaron enterradas bajo toneladas de escombros.
Y aun hoy me sigo preguntando, ¿qué hizo esa gente para merecer eso? ¿Por qué miles de inocentes tuvieron que pagar por la codicia de unos pocos?
La realidad superaba mi infantil y limitada capacidad de razonamiento. Intentaba encontrar una explicación, un por qué.
Ese día, y los que siguieron, las noticias reemplazaron a mis novelas de la merienda.
No era capaz de comprender hasta donde puede llegar y las consecuencias que acarrea la ambición de poder, tanto económico como político.
Este atentado se convirtió en la excusa perfecta para que Estados Unidos fuera a quedarse de una vez y para siempre con los pozos de petróleo que minan las tierras del Medio Oriente, pero diciéndole al mundo que irían a encontrar las supuestas armas de destrucción masiva que iban a acabar para siempre con su país.
Al menos eso fue lo que entendí en ese momento.
Estaba aterrorizada. Recuerdo pasar semanas enteras, hasta meses, viendo la CNN en busca de nuevos datos, imágenes inéditas del horror, la declaración de la guerra, el desembarco de las tropas americanas en Afganistán.
Los periodistas de todo el mundo anunciaban una Tercera Guerra Mundial y yo todavía no sabía cómo se habían desarrollado la Primera y la Segunda de ellas.
Simplemente no podía ni creer ni entender que en pleno siglo XXI estuviera siendo testigo de un conflicto bélico para el cual los objetivos no estaban muy claros.
Los talibanes estaban empecinados en acabar con la hegemonía de los Estados Unidos y éstos querían eliminar a todo aquel que vistiera una túnica.
Por supuesto que el tema tenía mucha más antigüedad y una historia más complicada de lo que podía comprender.
Lo cierto es que ese día me hice conciente de hasta dónde puede llegar la ambición humana. Las personas se convertían en cadáveres en cuestión de segundos frente a mis ojos. Muchos soldados americanos murieron en una guerra absurda y los civiles afganos pagaban con sus vidas los errores de algunos pocos con poder.
No quiero profundizar en politiquerías, porque no es eso lo que quería remarcar en esta columna, pero me queda por decir que Bin Laden y las armas de destrucción masiva siguen prófugos de la Justicia norteamericana y la guerra que empezó en un país ahora se desarrolla en otro.
Un nuevo aniversario de la tragedia de aquel septiembre se cumple y el conflicto no está ni cerca de terminar.
En este día quería recordar el momento en que una niña de 12 años comprendió que el mundo no es sólo lo hermoso y perfecto que nos muestra Discovery Channel.
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