Explicó que “más allá de la singularidad de cada caso, a una persona que de un día para otro le informan que lo que tiene es cáncer, lo que le pasa puede dividirse en varias etapas. Generalmente sucede que las personas no están conectadas con su cuerpo y con lo que les pasa, por lo que la enfermedad los lleva a hacerse una serie de planteos. Hay una primera etapa de negación, de enojo, de bronca. Cuando los pacientes me preguntan ¿por qué a mi?, yo siempre les pregunto ¿por qué a vos no?.
Debajo del nombre cáncer hay un montón de enfermedades, hoy en día todas tienen un tratamiento posible, ya no está asociada esta enfermedad a la palabra muerte. Yo siempre digo también que tanto las palabras cáncer como muerte son eso, solamente palabras, a las que hay que sacarle ese simbolismo negativo que le hemos impuesto”.
Agregó además que “hay que pensar que la enfermedad nos puede dar la oportunidad de hacer algo diferente por nuestras vidas. Quizá lo que veníamos haciendo era equivocado. Si usamos este momento que nos toca pasar, va a ser un cambio, una bisagra para darle un sentido diferente a nuestras vidas”.
Al hablar del rol que deben desempañar los familiares, y quienes rodean al paciente, explicó que “muchas veces, quienes están cerca de una persona enferma se equivocan en la manera de tratarla. Tratan de que estén anímicamente bien, que luchen contra la enfermedad y en mi visión creo que deben dejar que el paciente viva el proceso lógico que podemos llamar duelo, donde después de enterarse que está enfermo debe decidir si tratarse o no (yo creo que aquí debe estar el ejercicio pleno de la libertad del individuo), y los familiares y amigos lo que deben hacer es acompañarlo. Creo que lo mejor es que la persona esté totalmente conectada con su yo interior. Puede necesitar llorar, aislarse, enojarse. Lo que hay que hacer es acompañar, ayudar a que esa persona haga la introspección, hablar de cosas que tal vez antes no se hablaban. Hay que animarse a esos momentos que tal vez antes no tenían lugar”.